January 21, 2008

HISTORIA SOCIAL DEL CÓMIC

Historia social del cómic
Terenci Moix, 1968
Bruguera

Casi 40 años han pasado desde que se publicó por primera vez Los cómics, arte para el consumo y formas pop, uno de los primeros estudios en español sobre el cómic desde perspectivas académicas. Desde aquella vez en que vio la luz, no había sido reeditado ni actualizado, volviéndose así un ejemplar de culto entre el público lector de cómics que trataba de explorar el medio y que buscaba ejemplares del ensayo en tiraderos y librerías de viejo. Ute Körner, agente de Bruguera, tras rescatar un ejemplar del libro con anotaciones hechas en 1974 por el autor, contacta a Ana María Moix, hermana de Terenci, pensando en regalarle el ejemplar como un recuerdo. Pero Ana María aprovechó la oportunidad de poner al día el famoso estudio de su hermano, y es así que este año tenemos esta primera reedición corregida y aumentada de tan simbólico libro. Ahora pasemos de la anécdota al contenido de Historia social del cómic, que es como se llama esta nueva versión del libro de Moix.

Para poner en contexto al lector, Moix inicia en “El cómic en la cosmología pop” repasando algunos fenómenos para comprender a lo que se refiere cuando habla del cómic como una forma de entretenimiento de la clase media: los mass media, la cultura pop, el camp. A fin de cuentas, son el cine, la televisión y los cómics producto de la modernidad en donde se engendran los nuevos mitos de la sociedad que consume –e incluso produce- sus productos: los artistas de cine, los cantantes populares, los personajes de los cómics. No sin razón, Terenci Moix llama a estos “los medios alienatorios más seguros”, cosa que el tiempo ha comprobado definitivamente. Sin embargo, en donde se le notan los años a su ensayo –que es resultado del momento que le tocó vivir al autor- es cuando expresa su deseo de que estos medios fueran “útiles a una ideología más progresista que la que suele guiarlos”; ideología trabajada desde el didactismo y el marxismo, se entiende. Cabe anotar que, desde siempre, no pocos creadores exploraron más caminos que los del cómic de la corriente principal –esto es, superhéroes, historias románticas, caricaturas de la televisión- proponiendo caminos alternos. Que The Spirit, Krazy Kat o los cómics de MAD escapen al análisis de Moix apunta a dos hipótesis: que se trate de un estudio sesgado, guiado por la ideología (que se deduce cuando al leer que Moix considera al cómic como al servicio de “una máquina opresora”), o bien que su autor sólo leyera títulos de héroes en spandex y las tiras cómicas dominicales. Es por eso que el título del libro en este segundo tiraje –propuesto por Terenci en sus apuntes- resulta incorrecto: el análisis de Moix parte de lecturas ideológicas y de la psicología de masas, no necesariamente de la sociedad, pues aunque existe una contextualización sobre el medio en el que se desenvolvían los títulos que se mencionan, el punto central del análisis no está relacionado con la historia o las costumbres de la época. Su obra es un derivado directo de los estudios que habían sido publicados también en esa década y que rescataban la cultura popular y la ponían en discusiones sobre high y low brow, como el reconocido Apocalípticos e integrados, de Umberto Eco [1965]; con un plus ideológico similar al de Para leer al Pato Donald [Dorfman y Mattelart, 1972]. El título original del libro de Moix era más acertado, describía justamente lo que se puede encontrar en sus páginas.

El espacio dedicado al cómic español de la posguerra española –el capítulo “El tebeo español en la historia”- es especialmente interesante. Allí podemos darnos cuenta cómo la historia del tebeo español es muy similar a la de los cuentos mexicanos: la misma voracidad de las editoriales, los mismos esquemas temáticos y en cuanto a personajes y títulos. De hecho se recuerdan los títulos que Editorial Novaro exportaba a España, siendo así que las lecturas de historietas en ocasiones eran las mismas tanto para los niños mexicanos como para los españoles. El lector español eventualmente se familiarizó con los títulos, sus personajes y sus autores, y “...a través de la King Features Syndicate, el joven español del momento trabó conocimiento con los grandes creadores del cómic norteamericano, como Alex Reymond, Harold Foster, Ray Moore, Burne Hogarth o Milton Caniff”, demostrándose que la industria editorial de España fue constante, creando lectores que han consumido historietas desde entonces y que lo siguen haciendo.
En “Los superhombres de la era de la depresión” se enlista una serie de acontecimientos que definitivamente influyeron en el auge de personajes con superpoderes y que se debe, anota Moix, a que “La caída de Wall Street [...] tuvo en el terreno de lo pop los resultados que cabía esperar en un momento tan favorable para la evasión”. Sin embargo, su análisis de los superhéroes resulta la más tendenciosa, pues prácticamente elimina cualquier posibilidad de leer cómics por puro entretenimiento, pues “los vuelos de Superman y sus amigos no pueden justificarse; es imposible aceptarlos como probables ni aun en el reino de las fantasías más desbocadas”; lo anterior borraría de golpe la literatura fantástica, la ciencia ficción y las fábulas en las que los animales hablan. Si bien existe razón en sus apuntes generales –por ejemplo, sobre el servicio de los héroes de las revistas a la propaganda imperialista, es decir, pues: “cuando fue necesario odiar a los rusos contribuyeron desde las páginas de los periódicos a la consecución de este odio popular”-, la crítica sustentada en adhesiones políticas deriva en razonamientos absurdos: los superpoderes de Superman son injustificables en cuanto tratan de imponer miedo y sumisión entre sus lectores; es decir, por una razón ideológica y no por una, digamos, física, porque representan al imperio. Una de las primeras imágenes que ilustran el libro es un cartel de una película en Cinemascope, anunciando la majestuosidad del sonido estereofónico y la pantalla curva y cómo los lentes anamórficos producen una sensación de realismo entre los espectadores. El desafortunado pie de foto dice: “Imposición en el público de un sentimiento de inferioridad ante la `grandiosidad´ del producto. Espectacularidad”. Habría qué preguntarle a los espectadores si lo que sintieron fue eso o sincera emoción. Aún así, el puñado de héroes que analiza es deshebrado brillantemente, agrupados de la siguiente manera: los hombres superiores (Flash Gordon, Batman) y los semidioses (Superman, el Capitán Marvel). Aparte, las amazonas como Wonder Woman, quien, dice Moix, “fue presentada con atributos poco atractivos: fetichista, masoquista e incluso lésbica”.
Para 2003, año del deceso de Moix debido al enfisema pulmonar, la novela gráfica (entendida como aquella que proponía Will Eisner con la edición de A Contract with God; formato ampliamente extendido -y entendido- en la actualidad, y no como aquella que menciona Moix, la cual se refiere a los cómics que siguen “las coordenadas estructurales de la novela burguesa”, de corte romántico y/o de aventuras) era ya una realidad, las editoriales independientes habían hecho explosión en los años 90, Vertigo, Heavy Metal y Raw eran incluso ya referencias viejas. Habría valido la pena poner al día (un poco más) tan interesante estudio, pues aparte de los juicios de valor típicos de la época, en esta obra tenemos un análisis muy claro del medio y su evolución, su significado para las masas, sus lectores; sin descuidar una descripción de la tipología, los formatos, el lenguaje del cómic y unos rápidos repasos a su historia. Terenci Moix fue, antes que nada, un lector de cómics que disfrutó su lectura –su hermana Ana María contaba cómo su hermano la empujaba a comprar los tebeos para niñas que a él le gustaban- y que deja claro que “poetas de la imagen pueden serlo tanto Eisenstein y Renoir como los creadores de Flash Gordon y Li’l Abner”.

MR. T


Al mundo de los reality shows solo le faltaba el nombre del tipo más rudo del orbe: Mr. T. En él, resuelve los pequeños grandes conflictos de la gente, siempre a su manera, The T way, un método basado en valores: Sereni-T, Tranquili-T, etc. ¿Quién es el ángel afroamericano del mohawk y las cadenas?

UN SORBO DE T
Nacido el 21 de mayo del 52 en un ghetto de Chicago bajo el nombre de Lawrence Tureaud, T es pionero de Wrestlemania, en la cual tuvo la oportunidad de luchar en su primer edición de 1985, haciendo mancuerna con Hulk Hogan. Su carrera como luchador no duró mucho pues en 1987 anunció su retiro, regresando sólo para participar como réferi invitado a un encuentro. Su verdadera carrera profesional la desarrolló frente a las cámaras, en donde alcanzó el éxito que con las luchas no consiguió jamás. Pero vayamos al principio.

ES NEGRO, ES RUDO Y LE DAN LÁSTIMA LOS TONTOS

La familia de Lawrence sobrevivía con 87 dólares al mes después de que el padre abandonó a su prolífica mujer: nada más tuvo con ella 12 hijos, de los cuales T era el segundo. Para sobrevivir en el ghetto comenzó a moldear su poderosa musculatura. Sus hermanos eran tan atléticos como él. “¡Si creen que soy grande, deberían ver a mis hermanos!”, decía. Pero T es una blanca paloma. No fue un mal estudiante, pues, para su suerte, posee una memoria fotográfica que lo mantuvo alejado de los aburridos libros. Además, trataba de mantenerse alejado de los problemas para evitarle disgustos a su madre y al resto de su tropa. Cuando se le pregunta qué pasaría si alguien osara dañar a su familia, amenaza: “¡Mi madre y mis niños significan lo máximo para mí! ¡Habrá mucho DOLOR y SANGRE!”.

El deporte era el recurso para alejarse de la violencia. T es un habilidoso luchador, pero también un consumado jugador de americano y hockey y las artes marciales las domina por igual. También estudió actuación lo cual nunca fue muy aparente. En Retro Hell lo describen así: "Mr. T forjó el camino a otros finos y multifacéticos actores como Alf y Arnold Schwarzenegger". Nadie es perfecto, ni siquiera Mr. T. Pero sus hazañas son múltiples: durante algún tiempo fue guardaespaldas de Muhammed Ali, Michael Jackson, Steve McQueen y Diana Ross; no bebe, ha sido policía militar y en el 2001 derrotó a un enemigo más feroz que Rocky Balboa: el cáncer. La BBC lo enlistó, entre Homero Simpson, Abraham Lincoln y Martin Luther King como uno de los norteamericanos más influyentes de la historia. Su dispareja carrera ha sido presa de la casualidad. Podría haber jugado para los Empacadores de Green Bay, pero una lesión en la rodilla no se lo permitió. Podría también haber hecho una gran carrera como guardaespaldas: a más de proteger estrellas, era sacaborrachos de Dingbat, un club de Chicago en donde su frase persuasiva era: “te advierto que mi paciencia es tan larga como mi cabello”; y claro, su cabeza rechinaba de limpia, entonces no lucía su popular mohawk, simplemente no había nada sobre ella. Pero su vida no estaba destinada a nada que no fuera el ring y el plató.

PRIMER NOMBRE: MR, SEGUNDO NOMBRE: PUNTO, APELLIDO: T

¿De dónde viene su corto pero fácilmente recordable seudónimo? De la forma corta de su nombre, Tero, que en 1970 acortó a T y le añadió el Mister para que la gente que pretendiera mandarle cartas TUVIERA que anteponer el título. Por otra parte, su famoso corte de pelo lo comenzó a utilizar tras ver unas imágenes de los guerreros Mandinka en National Gepgraphic. El corte era una manera de evidenciar su origen afro.

El rol de T en Rocky 3 se limitaba a unas cuantas líneas y cameos, pero Stallone le amplió el papel y lo catapultó a la fama. A partir de ahí, las cámaras se enamoraron de su imponente figura. Tras una aparición más en el cine (en Penitenciary 2) y un programa televisivo (Bizarre), hizo su entrada triunfal en las series de aventuras de los 80: The A Team (Los Magníficos, en México) por su papel de BA (bad attitude) Baracas, un rudo (rudísimo) guerrero militar que no le temía a nada, excepto a volar y que, en un acto de gran sensibilidad, tenía escenas de tierno amor. Allí ganaba la nada despreciable cantidad de 80 mil dólares semanales. Gracias a eso es que comienza a cotizarse cada vez más alto. En sus épocas gloriosas cobraba la friolera de 15,000 USD por aparición (dudo que sus colaboraciones para E! le reporten lo mismo, pero alguien tiene que pagar lo costoso que es mantener su pesada pedrería, valuada en 300,000 dolarucos colgando de su cuello). Su joyería, acabada en oro y pedrería le lleva una hora colocársela, y es cuidadosamente acicalada con un limpiador ultrasónico. El otro significado de sus cadenas de oro es la misma de los raperos neoyorquinos: un símbolo de la esclavitud y la pesada carga que debían arrastrar por los campos de algodón. T es un hombre religioso hasta en sus excentricidades: de sus orejas cuelgan 7 argollas: 7 por el significado religioso de los números 3, 4, y 7; por cierto: T decidió rebautizarse en 1978 dentro de la Iglesia de la Comunidad Cosmopolita.

EL HOMBRE MÁS RUDO DEL MUNDO

El mensaje de Mr. T es el de un predicador que trata de guiar al rebaño hacia el buen camino, pero a base de gritos y fuerza bruta. Su muñeco parlante regaña a los niños y les lanza mensajes-advertencias que han de corregir a las ovejas negras. “¡Estudia mucho!”, “¡Siempre escucha a tus padres!” y su famoso “I pity the fool!”. I pity the fool. Su lema, su ideología, y ahora, el nombre de su programa de televisión. Me dan lástima los tontos, frase que hizo famosa en Rocky y que se volvió su muletilla de batalla. Su caricatura (T-Force), su cómic (Mr. T and the T-Force) y todo lo que gravita alrededor de su figura va acompañado por la poderosa sentencia. Y Mr. T lleva su mensaje reivindicatorio de la raza negra en forma de mercancía oficial. Pee Wee Herman comía su multivitamínico cereal –“crispy sweet corn and oat cereal”-; hay Mr. T como desodorante para el auto, como punching bag, como chia head (esas cabezas para plantar semillas y de las cuales crece un bello ornamento de pasto) y como chip conductor T1, un adminículo tecnológico. Su influencia toca muchos aspectos de la vida norteamericana, por ejemplo, el Dr. Hibbert, personaje de los Simpson, durante un tiempo luce un look similar al suyo, y Poochie, el malogrado personaje de Itchy y Scratchy exclama “You the fool I pity!”. Mr. T está en todas partes, es omnipresente y poderoso. Y no, sus dos hijas no lucen el mismo corte de pelo que él, corte por el que, dice, paga millones de dólares. Sus hijas se pueden peinar como ellas así lo deseen. T es un angelito. Sus perros se llaman Peligro, Pesticida, Suicidio y Genocidio pero es un angelito. Si un niño se acercaba a pedirle un autógrafo para su copia de The T-Force, T le proponía un trato: “si no sabes leer, tu hermano mayor [o sea, él] lo hará por ti”. Un ángel. Cadenas, dinero y un irrenunciable espíritu de serie B. Eso es Mr. T.

Publicado en Milenio Diario; 20 de enero de 2008.

December 04, 2007

ANTHONY BOURDAIN: EL CHEF PUNK


Resentido y misántropo, con un amargo sentido del humor, hace chistes sobre las drogas (con la entonación y el slang de los habitantes de la Gran Manzana Podrida), Anthony Bourdain, chef neoyorquino que resalta entre los demás cocineros que también tienen su propio programa en Travel And Adventure por su postura poco ortodoxa y la personalidad de un viejo punk de 51 años que por azares del destino llegó a dedicarse a algo tan cercano al bluff como lo es la cocina.

Pero no fue tanto el azar el que lo puso en el camino. En Kitchen confidential: adventures in the culinary underbelly (2001), Bourdain cuenta cómo en sus años mozos, en a un viaje a Europa en el que su padre se reencontraba con sus raíces francesas, fue el único de su familia que se atrevió a aceptar el reto de un cocinero que les ofreció a probar un “exótico” molusco que nadie de ellos conocía y que no querían descubrir: una ostra. La experiencia, cuenta, sobresale de entre otras primeras veces en su vida –“first pussy, first joint, first day in high school, first published book”- y es el momento en el que su carrera quedó decidida (aunque también quiso convertirse en chef cuando vio los beneficios de la profesión: sexo, drogas y alcohol). “De alguna forma, me volví hombre”. Descubrió que su tendencia por la comida exótica, sobre todo aquella con más valor de shock, le permitía entrar en terrenos de placer –culinario, y de otros tipos- hasta antes desconocidos.

Bourdain piensa en él mismo como un aventurero y brincó del restaurante Les Halles de Manhattan a conducir su propio show –Anthony Bourdain: Sin reservas- en donde el espíritu aventurero está presente. En su programa no come platillos extremos hechos a base de insectos y aderezos bizarros. Su aventura es la de viajero común que pasa del turismo y desprecia los lugares de comida rápida corporativa pero que, sin hacer a un lado su escepticismo, está abierto a cualquier sorpresa local. Bourdain se ha dejado seducir igual por las exquisiteces posmodernas del chef Barcelonés Ferran Adria, que por los tacos callejeros de la frontera mexicana con EU mientras expresa su odio por Taco Bell. Su búsqueda de “la comida perfecta” es el pretexto para esa aventura que, además de la comida, incluye las costumbres y la vida diaria de las regiones que visita, sin esconder nada: por ejemplo, menores de edad brasileños dándole caladas a un cigarrillo. Respetuoso pero no políticamente correcto, expresa: “en Perú, México y todos los países que fueron conquistados por los españoles, se hizo una fusión natural de ingredientes y culturas, hoy tienen una comida fantástica”.

En un capítulo especialmente interesante, viaja a Líbano y el país es bombardeado por los judíos mientras que en las calles el Hezbollah dispara sus armas. Nervioso, sin saber a qué hora llegarán los helicópteros para evacuar el lugar, Bourdain cocina algo para los empleados del hotel, para bajar así un poco el estrés. Sin poder hacer nada, no le queda más que tirarse en un camastro junto a la alberca de su penthouse mientras se broncea con las luces de los misiles que caen sobre la ciudad.

En el número de la revista Spin que celebra los 30 años del boom punk, Bourdain escribe sus experiencias en el 77, y cuenta: “Debido a que los chefs compartían las mismas horas y proclividades, mis amigos y yo nos movíamos con frecuencia en los mismos círculos que nuestros héroes [The Voidoids, Television, Talking Heads, et al]. Lo que quiere decir que muchos de nosotros nos metíamos heroína”.

Bourdain tiene un símbolo que representa su postura ante la cocina y la vida: un cráneo que sostiene con los dientes un cuchillo y un sombrero de chef coronándolo. En pantalla aparece con una playera de los Ramones y no duda en rendir pleitesía a Marky, el último sobreviviente de la banda cuando lo conoce en Cleveland. El tema del programa es tocado por Blues Explosion, la poderosa banda de Jon Spencer y de joven seguía a Burroughs, Bruce Lee, Iggy Pop y Hunter S. Thompson. Eso se nota en pantalla.

November 05, 2007

HARVEY PEKAR: NO ES BASURA DE SUPERHÉROES

Harvey Pekar llegó una noche al festival de Cannes acompañado de su esposa e hija; en grupo no eran más que una familia promedio, con nada fuera de lo común y, sobre todo, sin el glamour y la estela de misterio de las estrellas cinematográficas. Y entonces, ¿cómo hizo un hombre común y corriente, ahora considerado héroe de la clase trabajadora, como para que algunos episodios de su vida fueran llevados al cine y, eventualmente, pisar una alfombra roja?

Pekar libra las pequeñas batallas diarias de un ser humano cualquiera: las filas en el supermercado, el trabajo y el hastío de la monótona existencia humana. Es coleccionista de viejos LPs de jazz y ragtime y, escarbando en bazares en busca de más sides –como se les llama en inglés a los LPs- es que se encontró con el caricaturista underground Robert Crumb, otro obsesionado por el jazz viejo que, fascinado por su personalidad, le recomienda escribir sus anécdotas e historias personales y se ofrece para ilustrar algunas de ellas. Así es como nace American Splendor, una serie de cómics dibujados por varios artistas además de Crumb y que en los años 80 se volvieron muy populares. El pretexto para filmar American Splendor (Shari Springer Berman y Robert Pulcini, 2002), es mostrar la vida de un empleado federal con habilidad para contar su propia vida. En el filme, parte actuado y parte documental, se ve cuando la fama lo lleva a aparecer en el Late Show de David Letterman, quien se burla de él y termina burlado aún más.
En 2005, Vertigo publicó The Quitter, otro acercamiento a su historia personal, y lo hizo justo a tiempo. Un año después del torbellino del éxito cinematográfico, los achaques de un linfoma que lo venía persiguiendo desde 1990 y un diagnóstico de una depresión mayor lo mandaron al hospital en donde fue tratado con electroshocks y quimioterapia. Pekar, aun pasados los años, no deja de sentir un miedo terrible por la incertidumbre en su horizonte. El actor Paul Giamatti, el Pekar de la película, resume en una entrevista, coincidentemente, al Pekar de la realidad: “Todo trabajo es como el primer trabajo. Siempre ando a tientas tratando de entender y pensando: `Me van a correr. Me van a correr´”.

The Quitter es un relato de esa incertidumbre. Pekar se rinde sin pensarlo dos veces ante la más pequeña adversidad. En realidad es una fortuna que el proyecto de American Splendor haya estado en manos de alguien más, pues antes de su materialización, diversos directores y productores –entre ellos George DiCaprio, padre de Leonardo- fallaron en el intento por llevar sus historias al cine, y en manos de Pekar jamás habría llegado a ninguna parte, su desilusión habría sido mayor que su anhelo por lograr algo. Dibujada por Dan Haspiel, la narración abarca desde su niñez hasta el pico alcanzado como escritor de cómics, con énfasis en su inseguridad (heredado de su madre), que lo lleva a abandonar todo tipo de proyectos e incluso presionar para que así suceda. Como el Bukowski de Factotum, aquí vemos a un joven Harvey haciendo de todo y sintiéndose cómodo con nada: abandona la universidad y los trabajos que logra conseguir; teme flirtear con las chicas de su edad por no saber qué decirles y no saber bailar; sólo reconoce su talento en las peleas callejeras y los deportes rudos (de los que es rechazado a pesar de poseer aptitudes) y se siente alienado respecto a sus padres, una pareja de judíos que no logra comprender que Estados Unidos es distinto al Bialystok de donde provienen, desanimando a un de por sí poco optimista Harvey en cualquier empresa que emprende.

Pekar es ejemplo del artista freelance, aquel que sabe perfectamente lo que busca y que es capaz de abandonar cualquier cosa con tal de colocarse en donde se siente cómodo. Atrapado por el jazz y sus músicos, y empujado por el crítico Ira Gitler, con quien se carteaba y que le aconsejó escribir para la revista Jazz Revue, comenzó a publicar artículos sobre discos y artistas poco reconocidos. Quitter es quien abandona todo, pero el jazz y los cómics son dos disciplinas que Harvey no suelta jamás, y en las que sigue batallando, incluso contra sí mismo. Actualmente Pekar mantiene un blog muy exitoso (www.harveypekar.com), continúa escribiendo recomendaciones jazzísticas y ha servido de guía para el popular chef Anthony Bourdain durante su paso por la decadente Cleveland; pero durante los tiempos tormentosos llegó a ser casi improductivo, llegando a consumir Prozac, Lorazepam y Adderall, dejando poco tiempo y casi nada de energía para la escritura. “Las cosas podrían ponerse mejor o mucho peor. Lo único que puedes hacer es levantarte todos los días y hacer tu mejor esfuerzo”; para un escritor de más de 60 años con las mismas inseguridades sobre la espalda y el mismo temperamento desigual, suena a optimismo.

October 23, 2007

THE CURE/PALACIO DE LOS DEPORTES/SEPTIEMBRE 5, 2004


Llego antes de la hora marcada en mi boleto sólo por si las dudas. Se ha estando rumorando que INTERPOL será la banda telonera, pero al final no es así y no hay nada que ver. El lugar se llena poco a poco y ya han llegado los mini Robert Smiths. El tiempo avanza y falta poco para que Robert Smith y su banda estén a escasos metros de mi lugar. Desde mi lugar alcanzo a ver a Joselo Rangel, de Café Tacuba, muy a la orden –recordemos que Cafeta alguna vez se llamó Alicia ya no vive aquí, y según sus palabras, era un pastiche de The Cure. A muchas bandas les pasa pero no todas lo aceptan. En fin, que la gente ya está ansiosa; ya son 12 años desde la primera vez que vino The Cure y ni siquiera tocaron en la ciudad de México. Yo comencé a escucharlos en la época de Wish; cuando ya habían pasado por el país y estos conciertos de ahora se antojaban como, probablemente, la última vez que tocarían en suelo nacional. No podíamos perdernos el acontecimiento.

Las cámaras de video comienzan a hacer tomas de gente –sobre todo chicas guapas y escotadas- que aparecen en las pantallas a los lados del escenario y de pronto, sin que nadie lo espere, las luces se apagan. Los gritos comienzan. No es cierto, no puede ser. Hemos esperado tanto que parece imposible que The Cure esté a punto de tocar frente a nosotros. Hace su aparición Simon Gallup, el mítico bajista cuya figura es casi tan popular como la del mismo Robert Smith. Comienza a juguetear con su bajo y no pareciera miembro de The Cure, sino de una banda de eso llamado rock alternativo, con su camiseta sin mangas, tatuajes en los brazos y una boina coronando su cabeza. El resto de la banda llega al escenario y juntos comienzan a tocar. En la prensa se ha dicho que los dos anteriores conciertos (en Monterrey y el Palacio) han abierto con "Lost", tema proveniente de su último álbum. Pero hoy no, esta vez comienzan con "Plainsong", canción con que comienza Disintegration, el disco que los volvió en la banda de culto que es ahora. Nos esperan sorpresas; no será un concierto predecible. Para cuando aparece Robert Smith, la gente se desborda, su imagen es muy poderosa, es un icono. Sigue "Shake dog shake", una potente rola de los años 80, de The Top, una muy buena canción, pero extraña, yo no la esperaba escuchar. En la pantalla, una imagen duplicada de un perro en constante agitación. No tengo hoja ni pluma para anotar el orden de las canciones, y eso acaba por olvidarse. No sé el número de canciones ni el orden, pero sí las atmósferas que se esparcieron por la cúpula del Palacio de los Deportes.

THIS IS THE END OF THE WORLD

El primer bloque consta de una combinación de éxitos de la banda combinados con rolas nuevas y algunos temas oscuros. Sirve para calentar motores y comenzar la cuenta regresiva. "Plainsong", "Shake dog shake", "Lovesong", "Disintegration", "In between days". De pronto se puede ver a Simon bailando por el escenario. Muy extraño, contrastante con el aura dark que siempre se le ha atribuido a The Cure. Durante el tiempo transcurrido del concierto, suenan muchas canciones de The Cure, el último disco. En la prensa se dice que el público no coreaba estas rolas porque son muy nuevas y nadie se las sabe, pero la audiencia de esta noche parece la más familiarizada con la banda y la gente corea "Going Nowhere", "Labyrinth", "Before three", "The end of the world", "Anniversary", "Us or them" (esa especie de metáfora sobre los juegos de poder de Bush), "alt.end", "Never", "The promise" (esta última, en una muestra de que The Cure no son solamente una banda simbólica, sino un conjunto de excelentes músicos), o sea, ¡casi todas las canciones del disco: 10 de 12!

A NIGHT LIKE THIS

Durante el concierto escuchamos varias canciones que no creímos escuchar jamás. En Monterrey el set fue pop, con los éxitos de The Cure (aquellas canciones conocidas por todos y que dan forma a Standing on the beach y a Galore, los dos discos de singles de la banda). Aquí nos regalaron un recital extraño y oscuro, nada complaciente para los nuevos fans, pero multivitamínico para los que escuchamos a Cure desde hace años. "From the edge of the deep gren sea", "Bloodflowers", "One hundred years", "Primary", "Grinding halt". Hemos pasado por momentos muy “comerciales” (no podían dejar de tocar algunos temas reconocibles, entre ellos "A night like this", "Charlotte sometimes"), pero para cuando el concierto llega a la mitad, nos sorprenden con un bloque total y absolutamente darkie: ahora suenan temas de las etapas más sombrías del grupo, canciones de Faith, Pornography, Bloodflowers y Disintegration. La densidad es tal que mucha gente se arrellana en su asiento. Incluso para un fan aferrado la travesía es dura y desconcertante. Ya nadie brinca ni baila –naturalmente-, y muy pocos corean lo que escuchan. Sorprende la concentración de los miembros del grupo, la clavadez y profundidad en The Cure han sido construidas cuidadosamente. En los temas especialmente largos hacen gala de una especie de virtuosismo brutal. En especial, "From the edge of the deep green sea", canción del disco Wish logra transmitir una sensación de ansiedad e inmediatez que no decae durante la duración del tema, y que la banda también alcanza sobre el escenario. Suenan igual que en el disco. Este bloque recuerda muchísimo el primer álbum en vivo de la banda –Concert- por la selección de canciones y porque contiene todo el sonido y las atmósferas de las etapas más depresivas de The Cure.

END

Después de la neblina que han creado Smith y compañía, todos esperamos un leve respiro, y Robert parece intuirlo, porque parece como si todos los muertos –nosotros- fuéramos a la disco de mano del grupo. Ahora siguen los temas bailables de la banda ("The walk", "Let´s go to bed", "Why can´t I be you?") y Robert Smith se presenta como un bizarrísimo maestro de ceremonias: toma el micrófono y se acerca a todos los extremos del escenario para incitar e invitar al público a que lo acompañe cantando y vibrando, incluso aquellos de las zonas menos favorecidas del Palacio, lo cual desencadena una masa de gritos y emociones muy particular. Pero Robert Smith es muy tímido y al jalar a la gente a la fiesta se vuelve un ser muy sombrío, da tristeza verlo tan feliz. Ya sabemos que el tiempo se agota y que este será el último encore. El final debe ser apoteósico y así es: en tres canciones hacen un recorrido veloz por todo lo que es The Cure: una serie de canciones de los inicios de la banda, entre ellas "Grinding Halt", de su época más cercana al neo punk que al dark y, para finalizar, un himno generacional, la canción con que la gente identifica el sonido de Cure: "Boys don´t cry". No hay nada más que pedir; han tocado lo que hemos querido aunque lo mejor habría sido asistir a todos los conciertos para de veras no perdernos nada. Es hora de regresar a casa por calles oscuras que no son londinenses pero que quedaron cubiertas por el manto nostálgico de The Cure.
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